En esta ciudad del norte hay una calle que huele a mar sólo a cierta hora del día. Es de esas calles por las que siempre pasas y nunca encuentras, y es a esa hora, cuando la gente ya se está retirando para almorzar. Entonces las aceras se vacían, y la brisa es tenue entre las paredes viejas y los escombros. El olor a mar me recuerda el tiempo que llevo alejada del profundo océano, ese olor a salitre, humedad, a fina y blanca arena aún sin pisar, que impregna mi piel y mi pelo, y que espero un día reconozcas como mío, cuando te acercas y me aspiras para que cierre mis alas.
La calle silenciosa, abierta por múltiples obras, parece que le extirpan las entrañas de tanto escarbar, y sangra la tinta que tantos días lleva en mis venas y no sale. Las palabras de ladrillo, los muros viejos, las reliquias de la piel de mil veranos.
Septiembre se anuncia y de nuevo camino por las calles,
al refugio de la siesta que no duermo.
Gracias por volver a las letras!!! Una breve narración directa y con toques de "realismo sucio".
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