
"Si me paro a pensarlo tampoco es tan grave. A veces recorro pasillos largos como horas de espera, siento cómo se desparrama la sangre por mis venas y apenas logro mantener en equilibrio lo que intento pensar sin darle demasiadas vueltas al asunto. También, algunos días, me da por estrujarme las palabras o exprimirte las caricias, incluso tarareo por las calles alguna canción que haga que los cláxones de los coches sean un eco en la lejanía.Antes, cuando atravesaba los espacios de mi casa sin otro propósito que el de buscar algo para comer, un café para el frío o marcar un número de teléfono – cualquiera -, me deleitaba en dejar pasar las páginas de los libros, en ir al cine o quedar con mis amigas. Salir por las noches.Sin embargo, ahora, me quedo atontada en algún capítulo, retozo en imágenes que se han ido cosiendo entre las células de mi piel o me río porque sí. Me dedico a prestar atención.También he de decir que cuando yo era más joven, quiero decir ayer, sabía. Era consciente y me dedicaba a preparar el camino, a enseñar a los demás que conocía, que era capaz de zafarme y defenderme. Con la edad, o sea hoy, simplemente creo que todo era mentira.Como digo, si me paro a pensarlo tampoco es tan grave. Al fin y al cabo la suerte, que no conoce patria*, supuso que yo era una de esas personas que entienden que todo no deja de ser pura ironía".
Luis García Montero
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