miércoles, 3 de marzo de 2010

Conmigo

Si te quedas conmigo, no esperes, actúa. Has de ser raudo y discreto, que la rapidez es mi eterna seductora, y la sorpresa es algo que no pruebo desde hace tiempo. Quédate a solas conmigo, y ten un plan organizado. Abrázame, estrújame, levántame y dame vueltas. Acúname mientras me arrullas, pero no dejes que se apaguen mis sentidos. Lleva a mis reflejos hasta el agotamiento y mi atención hasta crisparse por tu ausencia de manos en mi nuca, y luego susúrrame mientras bajas hasta la cintura. Quédate a solas conmigo, y haz que tenga sed de tí. Y si nuestra conciencia grita otras letras y el corazón palpita por otros latidos pausados y ajenos a ese segundo, déjalo y no pensemos.

Quédate a solas conmigo, y tendrás que besarme del cuello a la mano, del ombligo a la nuca. Que ya lo haré yo luego. Sin pasar por la boca. Nunca. Juega con mi pelo y defiéndeme del dragón, que aunque sé hacerlo sola, dejaré que a mis ojos seas valiente. Oblígame dulcemente a acercarme, contradice a mis ojos malinterpretados. Ciérralos y sigue jugando con los dedos, que el vacío me rodea y la indiferencia me consume. Que hoy el primer plato es de soledad, y en el postre, se pasaron con la amargura.

Sí, quédate a solas conmigo, que así es como en plural se escribe mi rutina, en la cuarta palabra de esta frase.


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