Al coger tu primera bocanada de aire ya eras presa del silencio. Viniste al mundo sin ruidos, sin bullicio en las calles, sin tonos telefónicos, sin un eco a quién gritar. Amarrada al mundo de canciones afónicas, atada permanentemente a la orfandad de tus pensamientos. Inundada de palabras huecas, porque nada crece en tus oídos y tan sólo escuchas con los ojos, con miradas que secuestran nuestras bocas. Tu mano es la que habla, quien me dice buenos días, y pone el verbo a tu palabra. Y después llega la noche, que te amputa el papel de espectadora, y yaces sin luz, con la esperanza de que el guiño de una farola ilumine los jeroglíficos de los labios.
Me pregunto cómo debe ser sentir los latidos de tu corazón en un mundo vacío y desierto de notas. Vibraciones, dices, mi cuerpo siente las vibraciones.
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